Los pronombres

Él la miró desde la oscuridad. La noche y su consecuente falta de luz no permitían que ella lo identificara bien; de ese momento, ella sólo podía confirmar algunos datos más o menos relevantes: todavía era marzo, sus pies descalzos estaban helados, él le había hablado desde la esquina de la habitación.

Minutos antes había presenciado la primera vez en la que él la había mirado con seriedad: para ella resultaba inevitable no desviar la mirada una vez que sus ojos estaban compenetrados, viéndose mutuamente. Ella pensó que él intentaba hablarle en ese espacio de silencio, durante ese lapso visual. Algunas ideas habían comenzado a esbozarse en su mente, pero aún no lograba obtener ningún mensaje concreto.

Para ella todo presentaba un caso de análisis, cualquier dimensión por fuera de su pensamiento era un misterio a resolver, poco importaba si se trataba de un objeto material o de una idea. Tal vez por ese mismo motivo ella estaba ahí esa noche otoñal, para develar un secreto. Ella conocía sus rasgos de memoria, no tenía la necesidad de verlos. Sin embargo, la oportunidad le entregaba un nuevo caso: la forma articulada de esas facciones debía guardar una intención particular, así que escudriñó intensamente con sus ojos la figura frente a ella, necesitaba descifrar más de lo que él estaba a punto de decirle.

   «Prometeme que pase lo que pase no te vas a olvidar de mí». El pedido podía caer en la ingenuidad casi adolescente del amor, podía parecer la repetición absurda de una frase ya dicha por miles de desconocidos. No obstante, ella sabía que en esa oración había algo escondido, y  lo había descifrado minutos antes, no se trataba de un pedido, sino de una confesión: él nunca iba a olvidarla. Sonrió con autocomplacencia y de la comisura de sus labios surgió una delgada línea, una extensión de satisfacción que –en caso de haber notado- él habría malinterpretado con total certeza: el enunciado emitido no se trataba simplemente de un mensaje de amor, era –además- la solución a un acertijo que ella ya había descubierto.

Varios meses pasaron y un día llegó un segundo pedido: «Escribime un cuento». Mientras más directo fuera el mensaje, más complejo se tornaba el misterio. Ella se sintió pequeña bajo el abrazo que siguió a la nueva solicitud, ya que desde un principio había percibido que no encontraría la respuesta en una mirada ni en una demostración física: el pedido debía requerir mucho más. Él sabía que ella estaba obsesionada con armar conjeturas y jugar con las palabras; esta solicitud tenía que hacerle cuestionar su existencia. Nuevamente, ella no atendió la circunstancia como un simple acto de ternura, sino que percibió un desafío diseñado exclusivamente para su carácter.

 Primero creó unas oraciones, luego agregó diálogos, más tarde borró toda conversación que no fuera entrecomillada. Entrelazó largas y cortas palabras para materializar vagas ideas. La mayor dificultad que alguna vez había atravesado era comenzar a escribir algo sin temas preexistentes, sin conceptos clave o pistas. He aquí el conflicto, si la instancia de escritura había sido requerida por él, el resultado debía complacerlo, debía estar conectado a él: ella tenía un objetivo que cumplir, no obstante, era un objetivo desconocido. Convivían en esta petición la preexistencia de una idea (complacerlo) y la inexistencia de la misma (¿con qué?). ¿Qué tenía que lograr al escribir un cuento? Aquellos vagos esbozos de palabras conectadas no satisfacían las necesidades del pedido.»Nada nunca va a ser suficiente» pensó, y -por segunda vez- acertó.

Tímida, pequeña ante el imponente universo de lo escrito, anonadada y confundida por la ambición de sus ideas y la infinitud que le ofrecía la expresión, se quedó en blanco. Luego comprendió que el cuento debía tratar de ella. Lo único que creía poder ofrecer era su perspectiva, su subjetividad materializada. Decidió que era imposible relatar su fábula romántica de forma elocuente, además, había perdido interés en ello. No lo complacería con una historia de amor, lo entusiasmaría con revelar su identidad por escrito. Sólo encontraba dos opciones: escribiría simples crónicas sobre su cotidianidad o crearía una fantasía, la clásica ambivalencia entre realidad o ficción, siempre subjetiva. Ninguna de las alternativas le pareció apropiada. Guiada, entonces, por cierto inocente ingenio, sospechó que el mejor camino para acercarse al papel era plasmar su problema: qué escribir en un cuento.

La hoja de papel comenzó a perder su blancura: Este cuento sencillamente relata, no importa acá el conflicto, y el desenlace es aún futuro, inconcebible para el escritor, es un misterio. El inicio podría ser algo así como “Él la miró desde la oscuridad, ese treinta y uno de marzo, una hora antes de que todo ocurriera por primera vez…” y las palabras desplegarían una constelación de posibilidades, todas ellas darían a la historia un futuro aún incierto, pero –de algún modo- contenido. El inicio podría resultar una especie de sinécdoque, abarcaría en sí mismo todo lo significativo para el cuento: su conflicto y su futuro desenlace. Si ella escribiese un buen inicio nada podría faltarle al cuento. Tendría todo, aún faltándole casi todo. Sin embargo, nadie jamás lo leería como un no-cuento, menos él, quien entendería la historia apenas empezara a leerla.

Universalidad y particularidad, intriga y respuesta, todo comprendido en un adecuado comienzo. Así, ella asimiló que no precisaba recrear un nudo ni dividir su escritura en tres partes, estaba creando un juego para sí misma y para su futuro lector. Asimismo, entendió que no estaba escribiéndole a él, ni estaba haciéndolo por él, estaba transcribiéndose a sí misma. Al escribir, investigaba un enigma, descifraba ideas latentes, elaboraba nuevas interrogantes. Él universo se expandía ante sus ojos en una hoja de papel.

Enredada entre oraciones e ideas, los años pasaron y ella no se había anticipado a la tercera petición. La vida entre realidades e irrealidades la distanciaron de los peligros de la monotonía, lejos estaba de sentirse alguna vez abatida por tal mal. Sin embargo, los viajes temporales y espaciales que creaba al escribir, la separaron también de la constancia y la intimidad que alguna vez había vivido. Él dejó de buscar compañía en una viajera.

Cuando la solicitud de despedida llegó, ella finalmente levantó la mirada, dejando sus escritos a un costado. El cumplimiento de la segunda promesa no había sido suficiente para que él se quedara. Ella quiso convencerlo con palabras anotadas meticulosamente, intentó regalarle las crónicas de sus días. Ante tal ofrecimiento, él cerró el libro que contenía sus desvaríos diarios, se lo devolvió y se marchó.

Los meses pasaron y él nunca llegó a averiguar si ella le había escrito aquel cuento inicial. Con determinada severidad, sospechó que jamás lo había hecho: “ya estaba perdida, desaparecía poco a poco”; esta y otras frases similares se repetía a diario para convencerse de su decisión. Una vez que ella había comenzado a escribir relatos, su identidad se había convertido en un misterio para él, la intimidad había perdido toda oralidad, ella parecía haberse transformado en su propio objeto de fascinación: era un enigma a resolver con palabras.

Ella se acercó por última vez que a aquella casa de ladrillos rojos: se aproximó sigilosamente a la entrada y casi sintió que estaba invadiendo un lugar conocido al tener que introducir su mano entre las rejas para alcanzar el timbre. A continuación, colocó un pequeño paquete en el suelo. En cuanto oyó ruidos cerca de la puerta, se alejó de la entrada con rapidez.

No quería ser vista, sin embargo, las emociones contenidas ocasionaron que su cuerpo se volviera extrañamente pesado, lo máximo que consiguió hacer para alejarse fue cruzar la calle. El lugar en el cual quedó parada la dejaba completamente expuesta, ella aceptó el percance y decidió abrazar la imposición que el destino y la densidad de su cuerpo le habían impuesto. ¿Qué iba a acontecer cuando él la viera frente a su casa y descubriera el cuento en el interior del paquete? Ese era el nuevo misterio.

 El ruido del timbre lo desconcertó, no esperaba visitas, así que se acercó a la puerta con curiosidad. La abrió lentamente para acentuar el matiz de sorpresa y se extrañó al no ver a nadie. Salió del umbral de la entrada y abrió las rejas, miró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, pero no encontró nada inusual, mucho menos un paquete dirigido hacia él.

 Del otro lado de la calle, ella lo contemplaba con cierta dificultad, su visión empezaba a tornarse borrosa y no le permitía ver con claridad la silueta que tenía en frente. Hizo un último esfuerzo, entornó los ojos, deseó existir con toda la intensidad posible,  pero no lo logró. Finalmente, ella se desvaneció.

 Él alzó la vista y percibió una familiar sensación de extrañeza; no obstante, nada había ocurrido, se quedó mirando la casa de enfrente, como mirando al vacío.

Intento muchas cosas e intento no intentar tanto.

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