Entrevista a Gabriela Cabezón Cámara

Comparto la entrevista que realicé a GCC junto a Camila Medail para la revista literaria «Por el camino de Puan»:

(Y al final de la entrada dejo un acceso directo al volumen digitalizado) .

Cuando nos propusimos dialogar con la escritora, ella acababa de lanzar su nueva novela: Las aventuras de la China Iron. En medio de una agenda colmada de presentaciones, charlas y conferencias, propuso encontrarnos en su casa, en el barrio de San Telmo. Cuando llegamos, nos recibieron dos perros, un gato y después ella, que desde el primer momento nos trató con tal calidez que la entrevista se convirtió rápidamente en una charla que fluía como una conversación de amigas. Entre bibliotecas que ocupan las paredes enteras, libros esparcidos por todos lados, papeles sueltos y carpetas desparramadas, Gabriela Cabezón Cámara abrazada a su perro respondió con honestidad y confianza a todas nuestras preguntas.

¿Hubo algún hecho o lectura fundante en la decisión de ser escritora? Mi papá me contaba un cuento todas las noches para que me durmiera. Era de un nene que se llamaba Oscarcito, que corría y corría y corría. Ese era el centro del relato y lo que cambiaban eran los motivos que lo llevaban a correr. Mis viejos eran obreros, no había libros en mi casa, porque no había bienes suntuarios. Pero sí me compraron una colección de libros de editorial Sigmar: grandes, de tapa dura, ilustrados. Después mi abuela tenía lo que a mí me parecía una enorme biblioteca, que en realidad eran unos cuarenta libros de la colección Robin Hood. Y me encantaba porque era un espacio donde me sentía feliz, tranquila, segura, contenida. Yo sentía que estaba en diálogo con el autor y con los personajes, que son más interesantes que los autores, ¿no? Porque daban la vuelta al mundo o eran héroes románticos. Nunca se me ocurrió que pudiera ser otra cosa que escritora. No sé por qué, porque en casa no existía como posibilidad imaginaria, pero se me ocurrió y después nunca quise hacer ninguna otra cosa.

¿El paso por la facultad de Filosofía y Letras influyó en tu formación como escritora? Sí, un montón. Mucha gente dice que la carrera de Letras te paraliza para escribir. Entiendo por qué pasa eso. Pero, a la vez, si te tomás menos en serio la teoría que el acceso a textos flasheros, tenés expuesta una hermosura que de ningún otro modo, por lo menos yo, hubiera visto. También me parece siempre que la formación que tienen la mayor parte de las personas en literatura es muy pobre porque, en general, arranca en el siglo XIX, y te hace perder muchas nociones de lo que puede ser un texto. Y la pasión de algunos profesores. De hecho, cada tanto me gustaría ir y sentarme y escuchar algunos docentes dando sus clases.

¿El periodismo también influyó en tu escritura? Sí. Trabajé muchos años en Clarín, empecé haciendo diagramación y terminé siendo periodista. La redacción me influyó, pero en el sentido de que empecé a escribir en contra del periodismo seco, que tiene la noción de la lengua como herramienta y no como fin. Cada medio tiene su ficción de lector y eso supone, por ejemplo, una extensión de las oraciones y un nivel de complejidad determinados. Una oración con dos subordinadas, olvidate, no va. Estamos hablando del periodismo de los grandes medios, no de los periodistas. En general, las empresas de medios tienen estas ideas y tienen también un uso de la lengua que apunta a anular la polisemia. Ellos quieren que las palabras signifiquen una sola cosa y que sea la que ellos quieren. Entonces, en ese sentido es muy fuerte cómo imponen los términos. Es el poder manejando la lengua. Entonces empecé a escribir en contra de eso. No sé si se llama barroca la manera que tengo de escribir, la verdad que no sabría cómo categorizarla, pero sí me doy cuenta de que tiene una poética del derroche, algo más vinculado al don, a lo que fluye, a lo que gorgotea.

¿Reconocés a alguien como tu maestro? Supongo que a toda la gente que leí o a los que me rompieron mucho la cabeza. Y luego, cuando tengo una novela, yo me quedo muy tranquila si la lee María Moreno y le parece bien. Creo que ella es la persona más brillante que hay ahora en el mundo de la literatura. Y si ese lugar no le es más reconocido, es porque es una mina. Creo que es el mejor de todos nosotros.

Y más allá de la facultad y del periodismo, ¿hiciste talleres de escritura? Sí, con Diana Bellessi un tiempo, me fue muy útil. También con Laiseca otro tiempo y me fue muy útil también, porque Laiseca era muy personaje, era muy genial. También me sirvió para tener muchos amigos que conocí ahí, como Selva Almada, Leo Oyola, Sebastián Pandolfelli, Juan Guinot.

¿Y cómo lograste publicar tu primer libro? Fue muy fácil. Lo que me costó mucho fue terminar un texto. Empecé un montón y los dejaba. Tenía malas costumbres, por así decirlo, entonces me costaba mucho concentrarme, terminar las cosas. Y escribir una novela es algo que nadie espera, el mundo sigue lo más bien si no escribo. Necesitás que alguien desee por vos. Pero yo no tenía eso… Pero entonces cuando logré terminar una novela (el principio lo laburé con Diana), se la llevé a María Moreno y me dijo “esto está buenísimo, está excelente, andá a llevárselo a Leonora Djament de Eterna Cadencia”. Lo llevé a Eterna Cadencia y gustó. Y acá está, salió. Con todo lo difícil que fue lo anterior.

¿Qué lecturas considerás que te marcaron como lectora? Yo creo que todo. Lo que leí en la colección Robin Hood: Mark Twain, Tom Sawyer, Huckleberry Finn, Jack London. Todo eso me gustó. Y después leía cualquier cosa que caía en mis manos. En la adolescencia ya tuve lecturas más apasionadas, las clásicas: Dostoievski, Alejandra Pizarnik. Ya un poco más grande, descubrí a Susana Thénon: su obra completa me voló la cabeza. Recuerdo también como un cimbronazo fuerte la primera vez que leí a Osvaldo Lamborghini y a Perlongher.

¿Cuáles son tus hábitos de lectura? Ahora es un quilombo porque logré lo que quería, que es dedicarme solo a leer y a escribir. Estoy leyendo todo el tiempo por laburo, leo mucho inédito.

¿Y tus hábitos de escritura? Más desordenados todavía. Escribo cuando puedo. En general, me concentro en el verano, ahí arranco. Una parte de arrancar es intentar encontrarle una voz al narrador o a la narradora en general, un ritmo a la prosa, como la música. Lo siento en el cuerpo cuando pasa. Es como un momento medio extático que me vibra en el cuerpo y ahí siento que ya nació.

¿Te considerás muy crítica con tu propia escritura? Más o menos. Cuando escribo, estoy concentradísima. Hay una parte crítica operando todo el tiempo, porque si no quedaría cualquier cosa. Pero una vez que terminé un texto, lo cerré y se acabó para mí. No vuelvo a leer lo que yo hago ni lo analizo.

¿Tenés material escrito que no hayas publicado? Poco y nada, girones, cimientos, pedacitos.

¿Imaginás un tipo de lector para tus obras? No, no lo imagino porque siento que me paralizaría. Lo que sí traté de hacer con Las aventuras de la China Iron es que tenga varios registros. Mis libros en general están saturados de citas. Lo que intento es que el que no tenga esa enciclopedia pueda leer una novela de aventuras o de amor o de peripecias, que sea legible también para el que está fuera de esto.

¿Y cómo vivís la “angustia de las influencias”? A mí, sinceramente, eso me parece una pelotudez gigantesca. No me pasa y me parece una huevada robada del psicoanálisis, que no sé si no es una huevada también. Está buenísimo que haya otras personas que escriban, que hayan escrito otras cosas y que uno las pueda usar y apropiárselas. Esa frase tan común, todo ya está escrito, es verdad, y todo ya está dicho es verdad. De hecho, la lengua ya tiene todo, no nos necesita a nosotros. Es como si te atravesara un río: te atraviesa y vos le das una singularidad. Me parece que lo que un escritor hace con la lengua es lo mismo. Y es tan singular como la personalidad. Lo que hacemos con la lengua es una pequeña modulación singular de subjetividad.

En la nueva novela aparece Hernández como un plagiador. ¿Considerás que la literatura es siempre una reescritura? En cierto sentido, sí. Me parece que se reescribe constantemente, que nadie escribe desde la nada. Una vez me fui a entrevistar al poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero. Era un poeta enorme, que se murió hace poquito, tenía noventa y tres años. Él me decía que tenía pocos libros y yo no le creía. “¿Querés revisar toda la casa?”, me dijo. Bueno, revisamos la casa: tenía sesenta libros de poemas, muchos de la generación del 27. Y él, con ese material, hizo una obra infinita. Yo creo que habrá leído más cosas y que no tendría los libros en la casa. Me parece que es una lectura constante lo que hacemos todos. Y una vez más, en esa reelaboración hay una pequeña circularidad.

Algunos de tus personajes se presentan a partir de términos opuestos (como la China Iron o la Negra Rubia). ¿Buscás una síntesis de esas contradicciones? Lo intento. Me gusta esta cosa del barroco, que mezcla registros, mezcla cosas que aparentemente no irían juntas. Me gusta eso, la unión sin jerarquía, la cosa medio orgiástica en la lengua. ¿Las aventuras de la China Iron es una revisión de la dicotomía civilización y barbarie? La barbarie es el estado de opresión del gaucho, está oprimido en un lugar de mierda sin ninguna posibilidad de ser otra cosa que lo que nació para ser. En esta novela la barbarie es la opresión. Y eso está contenido en el fortín: están esas prácticas civilizadas (que la casa tenga distintas habitaciones, que los chicos duerman en un lugar, los padres en otro) y está el salvajismo de la opresión horrible, que hoy lo vemos constantemente. Esta forma de capitalismo —supongo que siempre fue una barbaridad pero ahora es una cosa loca— trae algo medieval en cuanto a la fragmentación, a la manera de agruparse por identidades espantosas como los nacionalismos, las religiones. Todo con una tecnología híper sofisticada, un mundo tipo el Medioevo con tecnología del siglo XXI. Traté de hacer una síntesis, no sé si salió, pero yo lo intenté.

La crítica la definió como una “novela queer”. ¿Estás de acuerdo? Me parece que es reduccionista. Es una novela que contiene una utopía. Y está discutiendo el modo en el que se constituyó la nación argentina. Está discutiendo la contemporaneidad. Tiene un montón de aristas. Pero también depende del medio en el que se escriba esa crítica. El medio y su ficción de lector también determinan qué etiquetas hay que poner. ¿Es una novela queer? No, no es una novela queer. Hay dos minas que cogen y hay después millones de personas que cogen, como podría haber también un hombre y una mujer. Cuestión de gustos.

Tu escritura presenta un ritmo peculiar, por momentos cercano a la cadencia de la poesía, con frases compuestas por octosílabos o endecasílabos y también ciertas rimas internas. ¿Cómo trabajas ese aspecto? Tengo una conciencia constante de que la lengua es un sistema simbólico, político y de signos, pero además es sonido. Y es un sonido muy particular. Porque cuando hablás, te pasa por el cuerpo, no solo en la cabeza. Pasan cosas cuando hacés uso de la lengua oralmente. Cuando la hacés sonar. Entonces tengo esa conciencia muy aguda de que es materia. Y me gusta trabajarla. Si fuera una artista visual, sería una artista matérica. No haría arte conceptual. A mí me gusta trabajar la materia de la lengua. Me gusta hacerla sonar todo lo que yo soy capaz, en todos los registros que puedo. Una literatura que no tenga relación con la poesía es pobre, a mí no me interesa. Uno tiene que ir todo lo lejos que puede con esa parte de la lengua.

¿Escribís poesía? No. Trato de que lo que escribo sea poesía. Trato de que haya poemas metidos en las novelas. Me parece que en esta novela, Las aventuras de la China Iron, en particular, hay muchos poemas, por ejemplo en la descripción de paisajes. ¿De qué otros escritores contemporáneos te sentís próxima estéticamente? Con Leonardo Oyola, autor Chamamé, me sentía afín en algún momento. Con Selva, cuando ella describe paisajes, por ejemplo, o con la manera en la que mira.

La crítica ha señalado afinidades con la literatura de Osvaldo Lamborghini o la de Washington Cucurto. Sí, también. Con Lamborghini y Perlongher, ni hablar. Con Cucu, también. Admiro mucho la libertad, el desparpajo y la genialidad de Fernanda Laguna, me parece que es una bestia. En algunos momentos, me gusta mucho lo que hace Julián López, en el sentido de hacer poesía. Y después tengo mucho de escritores jóvenes, medio inéditos, que van a editar el mes que viene.

En el Romance de la Negra Rubia llama la atención la inclusión de notas al pie que tienen referencias bibliográficas. ¿Por qué decidiste incorporarlas? Porque eran reconocimientos a mis amigos. Quería que estuvieran ahí, muy en primer plano. Las notas al final no las lee nadie. Yo prefiero la nota al pie de página, que la leo seguro.

¿Cómo afectan las experiencias de vida en tu escritura? En alguna medida, nadie escribe de nada que no sea de sí mismo. Porque tanto lo que te pasa como lo que no, lo tenés que pasar adentro tuyo para que lo puedas escribir. Tenés que sentarte a pensar cómo se podría sentir tal persona en tal circunstancia. Y en general usás emociones que son tuyas. ¿Cómo se sentirá alguien solo? Vos tenés esa noción de soledad por alguna situación, después la llevás al carajo, hacés toda una mediación, una transformación. En alguna medida, es siempre tu experiencia, tu situación en el mundo. No es lo mismo escribir siendo un varón de la burguesía a lo Vargas Llosa, que escribir siendo una mina del proletariado. O sea, hay cosas que ves distinto. No es lo mismo escribir desde la heterosexualidad más ortodoxa que desde la vida queer. Lo que te interesa, el lugar desde el que lo construís tiene bastante que ver con el lugar en el que estás vos o en el que estuviste en algún momento, o en el que están tus amigos, o en el que estuvo tu abuela. Hay algo de eso que de alguna manera influye. Pero podés escribir una novela de la aristocracia marciana, quiero decir: no es que te ata temáticamente a nada.

En tus textos aparecen cuestiones sociales y políticas. Por ejemplo, el tema de la trata de personas. ¿En qué medida pensás que la literatura puede servir? A veces es muy desalentador. Con ganas de incidir fuerte en ese sentido escribí Le viste la cara a dios, texto que hice enteramente en llamas de dolor atroz y fue pensado así. Es un objeto político y también estético, tiene la intención de decir algo muy fuertemente. Por eso está en segunda persona y por otro montón de motivos, un narrador en primera era casi imposible para mí, alguien que está bajo tortura no tiene lenguaje articulado. No me siento con el coraje de armar una primera persona en esa situación. Y después pensé: un tercero, ¿quién es? ¿Un pajero? ¿Alguien que está mirando? La segunda persona me parece que se dio porque es un narrador que es y no es ella. Es ella que está escindida. Es ella no dando tanta cuenta de la tortura y de la violación y todo eso. Yo no tenía tantas ganas de dar cuenta de eso. Y aparte me iba a ser muy arduo construirlo. Preferí pensar en el odio, en la resistencia, en cómo se podía armar. Está diciendo algo que no estaba muy dicho, creo. Se me acercaron un par de mujeres que estuvieron desaparecidas y en campos de concentración y me dijeron: “¿Cómo sabes, hija de puta?”. Ellas dijeron que no lo habían leído antes así. Debe haber algo que no estaba hecho y que fue dicho de un modo distinto o con esa fuerza o con esa furia o con esa empatía por el dolor ajeno, no sé… Y yo qué sé qué utilidad tiene eso. No es algo que pueda contestar. Es difícil. Me parece que la utilidad de escribir siempre es pelear contra el uso de la lengua que hace el poder. Eso sí. Y que eso no lo podemos dejar de hacer tanto como escritores o como críticos. Tenemos que hacer nuestro lo que es nuestro. No nos pueden sacar la lengua. Y me parece que la batalla que podemos dar nosotros es darle a la lengua todo el fulgor y el gozo y la libertad y la belleza y el poder que tiene.

¿Hacés trabajo de campo antes de escribir? No. Me parecería traición. Si voy a entrevistarte y vos me hablás generosamente, y yo después lo uso con fines estéticos —te lo deformo porque a mí me viene mejor en función de la estructura del texto—, eso me parece traición. No puedo entrevistar a alguien para hacer eso. Como Hernández con Martín Fierro, o, para poner un ejemplo más contemporáneo, Elena Poniatowska con la Jesusa en Hasta no verte Jesús mío. En realidad, es la voz de Josefina Bórquez, que era una soldadera de la revolución mexicana. Poniatowska la encontró, charló con ella y la grabó. Por supuesto que la editó. A morir. Pero es la voz de la otra. Y es la voz más linda de todos los libros de Poniatowska. Si yo hiciera algo así, firmaría con la otra. Lo hicimos entre las dos y repartiría los derechos. Un texto hecho de esa manera es un texto de dos personas.

¿Qué es lo que te resulta más interesante de la voz del otro en la literatura? Dejen todo y cómprense Voces de Chernóbil. Svetlana Alexiévich estuvo en la zona del país de Bielorrusia, que es un país tremendo, con una dictadura muy de derecha, donde estalló el reactor atómico. Muy duro. Ella estuvo cinco años haciendo entrevistas en ese país porque su marido laburaba ahí. Ninguna editorial te pagaría cinco años de trabajo para que puedas hacerlo. Pero la mina entrevistó a quinientas personas, incluyendo a la mujer del primer bombero, al cual habían mandado a pararse arriba del re actor atómico roto: irradiando, así que se imaginan como quedaron todos esos bomberos. Desde esa mujer hasta el intendente del pueblo, el hijo de puta que no encargó la evacuación inmediata. También a los políticos que decidieron todo: qué información se daba, qué no, cómo se hacía; entrevistó hasta a los niños que nacieron ahí y a la gente que no se fue. La sensación abrumadora de verdad que sentís en esa diversidad de voces gigantesca es impresionante. Hay temas que se van repitiendo y tienen como un ritmo, como una cadencia, imágenes que los afectaron a todos. Van apareciendo en algún momento en el discurso. Ahí me parece que un testimonio tiene mucho sentido. Es otra cosa distinta que la literatura. Lo que pasa es que, si yo trabajara con eso, haría algo así (no sé sí me saldría tan bien como a ella), pero trataría de usarlo en ese sentido.

¿Para vos es posible enseñar a escribir? Sí, absolutamente. La escritura es una práctica, no es algo de Dios.

¿Y cómo plasmás esto en tu propia práctica de enseñanza? Yo tengo un montón de talleres y doy clases en la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. A escribir se enseña. Hay una cantidad de técnicas y herramientas. Eso se transmite. Después cada uno llega adonde puede llegar. Este año me tocó ser jurado en varios concursos, como el de novela de la Bienal Arte Joven. Estaban todas bien escritas. Está empezando a pasar algo: hay un piso alto, la gente está escribiendo bien. Yo creo que es porque pululan los talleres. Después quién pega el salto, quién no lo pega, quién rompe el techo e inventa otro, eso ya no sé. Pero se puede enseñar.

¿Y qué función cumple el rol del deseo en la enseñanza de la escritura? Toda. Estamos todos juntos en esto de estar leyéndonos, escuchándonos. Y, además, se supone que el tallerista es el que está deseando que vos sigas, el que está instando a que vos sigas. Es el que se supone que te dice: “Dale, quiero más”. Es compartir. Es todo deseo.

Nos alejamos un poco de la instancia individualista del escritor. Sí, es que el escritor tiene las dos cosas. Cuando escribís, estás solo. Pero yo no sé de nadie que no comparta después el texto con sus amigos, que no se lean entre ellos. Le mostrás a tu amigo, a tu amiga, a ver qué le parece y charlan de eso. El otro te tira una idea, o no, pero a vos se te ocurre algo mientras vas desplegando tu mambo.

¿Disfrutaste la entrevista y te gustaría acceder al ejemplar completo de la revista en formato online? Hacé click en: Por el camino de Puan (pdf aquí).

Sobre la escritora entrevistada: Gabriela Cabezón Cámara viene construyendo una obra narrativa con una voz propia, intensa, original y contundente. Estudió Letras en la UBA y lleva publicadas tres novelas que se pueden leer como una trilogía —La Virgen Cabeza (2009), Le viste la cara a Dios (2011) y Romance de la Negra Rubia (2014)—, y Las aventuras de la China Iron (2017). También es autora de las novelas gráficas Beya (2011) e Y su despojo fue una muchedumbre (2015), y del libro de relatos Sacrificios (2015). Convencida de que la escritura se enseña, dicta clases en la carrera Artes de la Escritura en la UNA, y coordina talleres de escritura. Además, es colaboradora en distintos medios.

Intento muchas cosas e intento no intentar tanto.

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