Frankenstein; o el arte y la ciencia en el siglo XIX

Así como existe en el imaginario social la idea de que la criatura creada por Víctor es quien recibe el nombre de Frankenstein, está fuertemente arraigada por gran parte de la crítica literaria la hipótesis de que la primera novela de Mary Shelley no debe ser considerada como parte del género de ciencia ficción. Los argumentos son varios: deficiencias de los conceptos técnicos en la concepción del monstruo, la ausencia de argumentaciones científicas para justificar la validez de su experimento, la transposición de elementos mitológicos de la sociedad actual a la novela (nuevamente ingresa la cuestión de la recepción contemporánea de la obra: ¿era Víctor Frankenstein realmente un doctor? ¿Poseía un laboratorio con innovaciones tecnológicas a la espera de un rayo dador de vida? ¿La novela habla en términos de ciencia?), y -fundamentalmente- la anacronía del concepto ciencia ficción como género literario en el siglo XIX.

El término “ciencia ficción” (una mala traducción de science-fiction: ficción científica) fue acuñado en la década de 1920 por Hugo Gernsback, un siglo después de la publicación de Frankenstein. Entre los críticos del género aún no se ha llegado a un consenso sobre su definición formal, y este es uno de los principales conflictos para establecer qué obras pueden considerarse dentro de esta categoría literaria. Para trazar un marco idóneo dentro del cual inscribir la novela de M. Shelley es esencial, por un lado, hacer énfasis en las teorías filosóficas y científicas de la época y, por otro lado, estudiar los contenidos temáticos de la ciencia ficción que se hallan en la obra.

En el siglo XVIII alcanza su apogeo entre científicos e intelectuales  la idea del universo como un mundo perfecto, representado metafóricamente en la teoría de la scala naturae o “la gran cadena del ser”. Se trata de una idea de la historia de la biología sistematizada durante el renacimiento, la cual expresa el orden progresivo de las especies hasta llegar al hombre, articulando conocimientos filosóficos y biológicos con teología. En este siglo aparecen, además, las advertencias de Rousseau sobre los males causados por la curiosidad y por el abuso de las ciencias y de las artes. Este pensador destaca que las artes usualmente destruyen la inocencia y, además, proyecta la idea de que la ciencia no está hecha para el hombre, quien -con su espíritu apasionado y en búsqueda de progresos- la usa mal y cae en aberraciones.

A partir de los avances en la ciencia y en la técnica, para finales del siglo XVIII se debilita la visión del mundo como algo inmutable, y en el siglo XIX las nociones relacionadas con el conocimiento adquieren un cambio de perspectiva: se fusionan teorías filosóficas con experimentos de la materia y nacen las ideas de de los inicios de la ciencia moderna, con nombres como Humphry Davy y Erasmus Darwin. La ficción de Mary Shelley sobre un científico que crea un monstruo que no puede controlar está fuertemente influenciada por el desarrollo de aquellos pensamientos. En los discursos de Davy está presente el entusiasmo por las investigaciones modernas, las cuales pueden producir milagros con los conocimientos alcanzados en la ciencia química. Asimismo, con sus teorías sobre la evolución, Darwin promueve el desarrollo de la ciencia: describe un universo que está en constante cambio y que implica una gran creatividad, y destaca la importancia de la descripción y la comprensión de la naturaleza. Darwin enfatiza la necesidad de reciclar la materia orgánica, incluyendo la carne humana en descomposición, aunque no con la intención de alterar el orden natural de las cosas. Shelley muestra el peligro de manipular la naturaleza con la figura de Frankenstein, quien remueve carne y huesos de las tumbas para crear vida a partir de la ingeniería química.

Frankenstein presenta una introspectiva a la mentalidad humana, a los límites de su ambición. La autora no se centra en la descripción de la creación de la vida, la narración de la obra no se enfoca en los detalles científicos acerca de la concepción del monstruo. No obstante, la novela tematiza los peligros potenciales de la ciencia especulativa y de la tecnología: la amenaza de la obsesión por el progreso es uno de los temas más recurrentes en las obras de ciencia ficción, el mito trágico de Frankenstein genera aprensión sobre las posibilidades futuras y sobre el progreso científico y técnico. Así, en la novela de Mary Shelley se encuentran varios de los tópicos principales del género: los descubrimientos científicos, los avances tecnológicos, la relación entre los humanos y la experimentación, las ideas sobre la evolución, la manipulación de la naturaleza y sus peligros, la reflexión sobre la mente humana, las discusiones morales sobre el bien y el mal, el progreso y la trascendencia de la humanidad. En el siglo XIX, los temas de ciencia ficción heredan las discusiones del iluminismo (que implican las validaciones de las teorías y la descripción de la realidad) e incorporan perspectivas del romanticismo (es necesaria la consideración de la moral: la ciencia, la razón y la tecnología tomadas como ideas absolutas pueden resultar destructivas para el espíritu humano).

A partir del estudio de la obra de Mary Shelley dentro del género de ciencia ficción, es posible establecer puntos de convergencia entre los conceptos de arte y ciencia: estudiar cómo se cruzan estas nociones, en qué se asemejan, en qué difieren. Humphry Davy establece que el progreso de las artes es debido al método experimental y que la ciencia es el sentido común perfeccionado, el cual se funda en la observación de los hechos conocidos para obtener hechos nuevos. La lectura de Frankenstein permite hacer una equiparación entre el científico y el artista: se trata de un sujeto formador de unidades a partir de la experimentación, un individuo capaz de crear material, de otorgar vida. El “moderno Prometeo” de Shelley funde el mito del trágico héroe amigo de los mortales con las teorías científicas de su época. La figura de Prometeo ya era una aceptada metáfora del artista, cuando Shelley transfiere esa esencia a Víctor Frankenstein consigue la imagen del moderno Prometeo, cuya ciencia es creativa y cuyo arte es especulativo: el científico es el artista.


Bibliografía consultada

BUTLER, Marylin. “Introduction”, Mary Shelley, Frankenstein. 1818 Text. Oxford: Oxford University Press, 1993, pp. IX-LVIII.

DAVY, Humphry. Los últimos días de un filósofo. Diálogos sobre la Naturaleza, las Ciencias, las metamorfosis de la Tierra y del Cielo, la Humanidad, el alma y la Vida eterna. Trad. Camilo Flammarion. Barcelona: Casa Editorial Maucci, 1915.

HINDLE, Maurice. “Mary Shelley’s Frankenstein and Romantic science”. En Critical Survey, Vol.2, No. 1, Science and the Nineteenth Century (1990), pp. 29-35. Stable URL: http://www.jstor.org/stable/41555493

LECERLE, Jean-Jacques. Frankenstein: Mito y Filosofía. Buenos Aires: Editorial Nueva Visión, 2001.

MELLOR, Anne. “Frankenstein: A Feminist Critique of Science (1987)”. En One Culture: Essays in Science and Literature. Madison: University of Winsconsin Press, 1987, pp. 287-312.

ROUSSEAU, Jean-Jacques. Discurso sobre las ciencias y las artes. Buenos Aires: Aguilar Ediciones, 1966.

SHELLEY, Mary. Frankenstein; or, The Modern Prometheus. New York: Oxford University Press, 1998.

Intento muchas cosas e intento no intentar tanto.

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